Entre el cansancio y la madrugada, ‘Los Testamentos’ demuestra que las buenas historias saben esperar. Lee esta reseña y reflexión

Yazmin Espinoza

Hoy vengo a hablar de una historia que no leí. Nunca pensé que escribiría una frase así en esta columna.

Durante años tuve una regla muy sencilla: si una película o una serie estaba basada en un libro, primero leía el libro. Siempre. Era mi manera de acercarme a las historias. Me gustaba conocer primero la voz del autor antes de descubrir la interpretación de un director, de un actor o de una cámara. Sentía que así llegaba a la esencia del relato.

Con Los testamentos, de Margaret Atwood, rompí esa regla. Y, aunque parezca exagerado, me dio un poquito de culpa. La culpa duró exactamente cincuenta páginas.

Porque sí, comencé el libro. Leí las primeras páginas con la emoción de volver a Gilead después de todo lo que significó para mí El cuento de la criada. Pero entonces apareció la vida adulta. Esa a la que últimamente solo le repito: "Suéltame, que me estás lastimando", y que, por supuesto, hace caso omiso.

El trabajo se acumuló, los pendientes se multiplicaron, las niñas necesitaron de mí, la casa siguió funcionando gracias a esa extraña magia cotidiana que sostiene a tantas familias y el libro quedó esperándome sobre el buró.

Mientras tanto, Disney+, plataforma a la que originalmente me suscribí por mis hijas, comenzó a recordarme cada semana que un nuevo episodio de Los testamentos ya estaba disponible.

Las redes sociales hicieron lo suyo. Cada día aparecían comentarios, imágenes, teorías y fragmentos de escenas. Yo hacía scroll como quien atraviesa un campo minado, esquivando cualquier spoiler que pudiera arruinar una historia que todavía esperaba vivir entre las páginas. Hasta que una noche cedí.

Hay un momento del día que creo que solo las mamás conocemos. Ese instante en el que el cuerpo está completamente agotado, pero una se resiste a irse a dormir porque sabe que, cuando despierte, volverá a empezar la carrera.

Entonces buscamos una pequeña recompensa. Un capítulo. Un café. Un rato de silencio. Cualquier cosa que nos recuerde que todavía existe un pedacito del día que nos pertenece.

Pensé que vería solamente el primer episodio. Total, me dije, seguramente será la parte que ya alcancé a leer. Qué ingenua.

Cuando levanté la vista eran casi las cuatro de la mañana. Había enlazado capítulo tras capítulo y únicamente el cinco por ciento de batería que le quedaba a mi teléfono consiguió convencerme de apagar la pantalla.

Dos días después terminé la temporada, y me encantó. No sé si tanto como El cuento de la criada, aunque sospecho que eso tiene más que ver conmigo que con la historia misma.

Esta nueva entrega se sitúa varios años después de los acontecimientos de la novela original y sigue a una nueva generación de jóvenes que han crecido dentro del régimen de Gilead. Agnes, Daisy y Becka se convierten en el centro de una historia donde la adolescencia convive con el miedo, el fanatismo religioso y el control absoluto sobre la vida de las mujeres. Todo ello bajo la mirada siempre inquietante de la tía Lydia, uno de los personajes más fascinantes que Margaret Atwood ha creado.

Hay algo particularmente doloroso en observar cómo una adolescente intenta descubrir quién es dentro de un sistema que ya decidió quién debe ser. Quizá por eso esta historia, aun cuando por momentos se siente más luminosa que El cuento de la criada, termina resultando igual de brutal. La inocencia de sus protagonistas vuelve todavía más evidente la violencia que las rodea.

La serie tiene episodios en los que la narración avanza con más calma y probablemente no provoque el mismo impacto cultural que tuvo su antecesora.

Después de todo, pocas obras consiguen convertirse en un símbolo político como ocurrió con El cuento de la criada, cuya iconografía trascendió la literatura y la televisión para aparecer en marchas feministas alrededor del mundo.

Pero Los testamentos tiene otra virtud. Habla de las nuevas generaciones, de cómo incluso quienes nacieron dentro de un sistema profundamente injusto son capaces de imaginar una vida distinta. Y eso siempre será esperanzador.

Mientras veía la serie entendí algo que llevaba tiempo resistiéndome a aceptar. Durante años pensé que ser lectora significaba hacer las cosas "bien": leer primero el libro, después la adaptación; subrayar páginas, tomar notas, avanzar con calma y sin prisas. Mi vida ya no se parece a esa versión ideal.

Ahora leo cincuenta páginas y dejo el libro varias semanas sobre el buró. Escucho audiolibros mientras manejo. Veo una serie a las dos de la mañana porque es el único momento del día que verdaderamente me pertenece. Regreso a una novela cuando encuentro un hueco entre el trabajo, las tareas escolares y los pendientes de la casa.

Y durante un tiempo pensé que eso significaba que estaba perdiendo algo. Hoy creo que no, creo que simplemente estoy leyendo de otra manera. Las historias no son un examen que deba aprobar. No importa si llegaron primero en papel o en una pantalla. No dejan de conmoverme por haber cambiado el orden.

Todavía quiero leer Los testamentos. De hecho, ahora tengo más ganas que antes. Sé más o menos hacia dónde se dirige la historia, pero también sé que Margaret Atwood siempre guarda matices que ninguna adaptación puede capturar por completo. Esos silencios, esas pequeñas observaciones, esa forma tan suya de construir el miedo desde lo cotidiano.

Ya no tengo prisa, el libro me está esperando. Y, si algo me ha enseñado esta etapa de mi vida, es que las buenas historias saben hacerlo. Saben esperar.

A veces llegan primero en una pantalla iluminando una madrugada cualquiera. A veces permanecen pacientes durante semanas sobre el buró. Pero cuando por fin encuentran un espacio en nuestra vida, hacen exactamente lo que siempre han hecho: nos recuerdan que, incluso en medio del cansancio, todavía somos capaces de emocionarnos, de indignarnos, de desvelarnos y de descubrir que una buena historia también puede cuidar un pedacito de nosotras.

Yazmin Espinoza es Comunicóloga enamorada del mundo del marketing y la publicidad. Apasionada de la literatura y el cine, escritora aficionada y periodista de corazón. Mamá primeriza. Lectora en búsqueda de grandes historias.

Instagram: @historiasparamama