Este poema fue escrito durante el año que siguió a la muerte de mi madre Evangelina Torres Arredondo (1951-2024)

Rafael Calderón, colaborador La Voz de Michoacán

Este poema fue escrito durante el año que siguió a la muerte de mi madre Evangelina Torres Arredondo (1951-2024). Cada canto o poema está fechado el día veintinueve de cada mes, como una forma de registrar el paso del tiempo y la persistencia del recuerdo. No se trata de una crónica del duelo, sino de un intento por dialogar con la ausencia. En estos versos aparecen la casa familiar, la ciudad, las múltiples lluvias del verano, las plantas del jardín y los pequeños acontecimientos cotidianos que continúan mientras la memoria busca contextualizar su lugar en estos recuerdos.

Escribirlos fue por mi parte una forma de acompañar el silencio que deja una vida cuando se extingue. Cada uno de los doce meses es un duelo que intenta nombrar, desde distintos momentos del tiempo, esa presencia que permanece en la memoria: la secuencia sería que hay presencias en el jardín de mi madre, junto a su ventana, bajo la lluvia del agostadero, entre las flores de su casa, en el jardín florecido, o recordando sus ojos, junto a su tumba, en el amanecer del oasis inventado o imaginario, entre las flores y la brisa, junto a las macetas, con la luz de la mañana y, por supuesto, en la obscuridad que ya son recuerdos.

Ya que la muerte de una madre cambia la forma en que el tiempo se mide. En La vida entera: doce meses del duelo escribo como parte de un calendario íntimo y sigo hablando de la vida cotidiana, como una presencia tenue que el lenguaje intenta retener: es sobre la pérdida pero también sobre la fidelidad de la memoria.

RC

Morelia, 29 de abril del 2026.

La vida entera

A la memoria de mi madre, Evangelina

***

A mi padre

***

A mis hermanos

***

Madre, madre,

nada nos une ahora más que tu muerte,

tu inmensa fotografía como una noche en el pecho;

el único retrato tuyo que tengo ahora es esta oscuridad,

tu única voz es el silencio de tantas voces juntas.


JOSÉ CARLOS BECERRA

PRELUDIO

El día que murió mi madre comenzó

a medirse el tiempo de otra manera.

I

Madre, no olvidaré tu nombre.

Por ahora nos despedimos mirando

flores y árboles. Eres mi jardín

de recuerdos; estás encaminada

a los sueños. Por la mañana estás viva,

para la tarde has fallecido.

En la casa permanece la cándida

sonrisa y con ella sembraste

colores y suspiros en la vida.

No he de olvidar tu nombre;

permanecerá en mi memoria.

Al caminar por la ciudad

la tonadilla de la tarde

me recuerda tu nombre.

No olvido tu nombre.

Y sé que no lo olvidaré.

[Morelia, 29 de julio de 2024]

II

No recuerdo si estaba o no presente

mi madre el lunes por la mañana.

Había dormido intranquilo. Quería llamarla,

preguntar cómo estaba, oír su voz; no lo hice.

Tal vez quería hablar por última vez

con ella. Habíamos conversado

el jueves por la mañana y reímos.

Su diálogo en mí permanece,

en mi memoria está sonriente, lúcida,

amorosa. Es pura llama encendida.

El lunes por la mañana agonizaba.

Y yo tomaba café en solitario.

Nos habíamos despedido el jueves.

La recuerdo por sus palabras,

por el diálogo, por las bromas

que entre nosotros salieron a relucir,

y por el juego de sonrisas. El lunes

fue llegar a su lado y confirmar

que se había ido. Ya tenía cerrados

sus ojos, recostada, tranquila.

Fue estrechar su mano sin dolor

alguno para confirmar su partida.

Por el aire ligero del verano

también fue la despedida.

[Morelia, 29 de agosto de 2024]

III

Recuerdo aquí la voz tenue. Un silencio

vivo dos meses después. Han pasado

los días, intensas las horas.

Vuelve el lunes y ya no es igual.

Agudos los minutos; la sensación

de desenlace, el recuerdo fijo:

la huella imborrable. Por la mañana

sonidos; oigo su nombre. Asiente

en el aire la lluvia. Fue intensa

para todo el verano. Como aquel martes

a las tres de la tarde. Ahí, en la sepultura,

se sentía la lluvia cayendo sobre la tumba.

Es la nueva morada en lo alto

del agostadero: desde allí se observa

la salida del sol. Se mira cómo se aleja

bajando por la tarde y por la noche.

Estrellas van y vienen

iluminando este valle.

[León, 29 de septiembre de 2024]

IV

La vida es un resumen entre fechas:

el nacimiento y el día de la muerte.

Llegan y se van; se completa el ciclo.

Tal vez se abre entonces la puerta del paraíso,

la morada eterna y el diálogo de la noche.

La casa familiar está tranquila.

Sin sobresaltos. La partida ha sido dura.

Es imborrable tu ausencia.

Te recuerdo alrededor de las flores

que dejaste en la casa. No cesa la lluvia

del verano. Ni se ha perdido

la claridad del sol. Es triste el ocaso

y hay que mitigar la ausencia.

Sigue oscureciendo por la noche.

Estrellas aparecen en el firmamento.

Oí la canción de la despedida

en el aire y percibí el aroma de lirios.

[León, 29 de octubre de 2024]

V

Hay que decir de la vida los años

acumulados. Te fuiste de entre nosotros

sin conocer el mar. Habíamos dicho

que lo conocerías. Era un deseo inquietante

y nunca se cumplió. Pero supe tanto

del dolor de la muerte hasta el día

que te fuiste. Recordé entonces

los demás muertos de mi casa.

Un día murió tu mamá y lo recuerdo.

Aquel suceso fue un duelo infinito.

La cuenta regresiva, entonces.

Me correspondió vivir ahora

tu partida. Para mí la casa

es un recuerdo. El lugar del último

suspiro. El verano extinguiéndose.

Las plantas de tu jardín florecían

para el otoño. Dejan sentir aromas

por el pasillo. Cada una de las plantas

tenía nombre. Así la vida, así el tiempo.

La visita programada para tu cumpleaños.

El mes de diciembre es la ausencia.

Han pasado los días y se cierran ciclos.

[Morelia, 29 de noviembre de 2024]

VI

¿Dónde buscar tu presencia?

¿Estás ausente? Ayer entre nosotros.

Ahora cúmulo de recuerdos.

Oigo tu voz. Anoto tu nombre.

Ay de ti, madre, tan allá.

Entre nosotros todavía hay sueños,

mas tu presencia, pero tu hablar

para mí se ha extinguido.

En el principio te fuiste.

Ahora ausente, permaneces

en un retrato. Hay que decirlo:

pasan los días. Veo mentalmente

a mi madre muerta. Las imágenes

acumuladas vuelan entre tinieblas.

[Morelia, 29 de diciembre de 2024]

VII

Tu partida fue volver a la tierra.

Entre nosotros así fue desde ese día:

un murmullo, el llanto infinito.

Recuerdo aquella tarde

cuando manos humanas

bajaban el ataúd

hasta el fondo de la sepultura.

La misma tumba a la que he regresado

para visitarte. El recuerdo está vivo.

El primer cumpleaños de la ausencia

física. También era lunes el dos

de diciembre. El recuerdo de la fotografía

se ilumina tal vez con una luz celeste.

En mi memoria pasas escueta, ausente.

Espero, de forma incierta, volver

a encontrarnos. Tu vida fue ardua,

pero quedan atrás las fechas claves.

Para mí eres un dibujo

que no termino de realizar

sino que con esta mano intento asir.

[León, 29 de enero de 2025]

VIII

Como ya no tengo cerca tu voz,

estoy callado. Anoche iba en un sueño

rumbo a tu casa. Me detuve. Pregunté

en la entrada si allí era el lugar.

Alguien fue a buscar tu nombre y regresó.

Me dijo que sí. Seguí sin dejar huella.

Estuve allí. Hay flores y están a tu alrededor.

Estás mirando hacia el oriente

y he llegado de visita. Por el poniente

me retiro. Aquí tú persistes para siempre.

[Morelia, 28 de febrero de 2025]

IX

Para nombrar el sábado 29, el octavo mes

de tu muerte, elegí en soledad visitarte.

Es la morada eterna. Espero no perturbar

esas soledades y oír el diálogo silencioso.

Ahora es de día. Más tarde, la tarde.

De pronto, la noche. Estás aquí como parte

de un presente simultáneo. Lejos queda

el sentir de la muerte o una luz confusa.

Para mí tus manos están ausentes.

La brisa de tus manos es una sombra

imprecisa. Pasa la niebla, la lluvia,

o llega el intenso calor. Escribí estas palabras

como una prolongación del viaje. En mi recuerdo

estás presente aunque aumenta la distancia.

[Morelia, 29 de marzo de 2025]

X

Hablo desde la ciudad. En esta tus ojos

no están visibles. Aquí en la ciudad

nada nuevo. Los días pasan. El tiempo

pasa. El amanecer es una interrogante

a tus ojos. Te digo que murió

el papa Francisco, el pasado 21 de abril.

También se fue un lunes.

Han pasado los días de Pascua.

Los días fluyen. Aquí quiere empezar

a llover. Hablo contigo desde la ciudad.

Se percibe calor. Un aire fresco llega

del cielo y de entre los árboles.

De una palabra a otra converso

contigo bajo la caída de la tarde.

[Morelia, 29 de abril de 2025]

XI

Estás presente en la fotografía de mis recuerdos.

Doy fe. Se fueron apagando tus ojos.

Doy fe. La noche del lunes fue eterna

a tu alrededor. Doy fe. Se apagaban velas

y cirios al amanecer. Doy fe. Fue una noche

de muchos abrazos. Un sueño deja sentir

el vacío de tu presencia. Doy fe. Al mediodía

la lluvia torrencial. Casi diluvio. Nos habíamos

despedido el jueves previo. Debí decirte

entonces con dolor en los labios: adiós.

[Morelia, 29 de mayo de 2025]

XII

Puntos suspensivos: interminable el diálogo.

Tengo que aprender a guardar silencio.

Mientras la ausencia es palabra definitoria.

Estas palabras de los días sin cuerpo

transcurren recordando tus ojos

y la luz blanca. Es para mí un recuerdo.

Lo digo como si lo supieras. La tarde

simplemente se desvanece. Un día

me voy a morir. Tal vez alguien dirá la fecha.

Nombrarán ese momento con puntos suspensivos,

pero estas calles recordarán que un día caminé

para decir más bien nada de mí. Dirán:

¿cómo se llamaba aquel hijo de Evangelina

que murió sin que nos diéramos cuenta?

Ya eres polvo, madre, un recuerdo en el aire,

dificilísimo. El único retrato tuyo que tengo

ahora es esta oscuridad.

[León, 29 de julio de 2025]

Rafael Calderón (Morelia, Michoacán, 1976) es poeta y ensayista. Desde hace más de dos décadas publica en suplementos y revistas literarias. Recientemente ha publicado Pablo Neruda en Morelia (Centzontli / Conalep / UMSNH, 2024) y Recuento de estos días (Buenos Aires Poetry, 2024).