El estrecho de Ormuz no solo es estratégico para el comercio mundial, también alberga especies marinas vulnerables como dugongos y ballenas jorobadas árabes. La guerra en la región, con minas navales, maniobras militares y tráfico marítimo intenso, amenaza seriamente a este frágil ecosistema.
Especialistas advierten que las explosiones submarinas y el uso de sonar militar generan graves alteraciones en los mamíferos marinos. Estos sonidos pueden desorientar, dañar el sistema auditivo e incluso provocar varamientos mortales. En el caso de la ballena jorobada árabe, el peligro es mayor debido a que se trata de una especie residente que no migra fuera del Golfo.
El investigador Oliver Adam, de la Universidad de la Sorbona de Abu Dhabi, explicó que estas ballenas dependen del sonido para alimentarse, navegar, reproducirse y mantener su estructura social. Cuando ese entorno acústico se contamina por tráfico marítimo o maniobras militares, sus funciones básicas se ven afectadas de forma inmediata.
Otra cuestión en el estrecho es que es un corredor marítimo de apenas 33 kilómetros de ancho, por lo cual, los ataques militares también generan ondas de choque y cambios de presión que pueden matar peces o dañar a especies como delfines y ballenas.
El Dr. Aaron Bartholomew, profesor de biología, química y ciencias ambientales de la Universidad Americana de Sharjah, menciona que aunque algunos animales pueden alejarse temporalmente, los riesgos siguen presentes. El desplazamiento de los animales puede implicar estrés, pérdida de alimento y alteraciones en su comportamiento natural.
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Además, el Golfo Arábigo presenta una vulnerabilidad adicional: sus aguas se renuevan lentamente, en un proceso que puede tardar entre 2 y 5 años. Esto significa que contaminantes como petróleo, combustibles o residuos pueden permanecer durante largos periodos y extenderse por ecosistemas costeros y marinos.
Bartholomew señala que los derrames petroleros amenazan a tortugas, serpientes marinas, aves y delfines en la región. Incluso, Adam también apunta a que las manchas en la superficie bloquean la luz solar, afectando la fotosíntesis de las praderas marinas, esenciales para la supervivencia de los dugongos, que dependen de ellas como principal fuente de alimento.
Ante el contexto del conflicto, los expertos advierten que uno de los daños más graves puede ser invisible: la guerra también impide monitorear los ecosistemas al restringir el acceso científico a la zona.
Sin estudios de campo ni herramientas acústicas efectivas por el exceso de ruido humano, comprender el impacto real del conflicto podría tomar años, mientras la vida marina sigue pagando silenciosamente las consecuencias.
Fuente: Wired