Cada cuatro años, la Copa Mundial de Fútbol se presenta como una celebración del deporte. La FIFA la promueve como una fiesta del juego limpio, la inclusión, el respeto y la unión entre las naciones. Durante unas semanas, millones de personas comparten la emoción de un mismo espectáculo bajo la idea de que el futbol tiene la capacidad de derribar fronteras.
Sin embargo, basta mirar un poco más allá de la cancha para advertir que el Mundial también refleja las tensiones, contradicciones y relaciones de poder que atraviesan al mundo.

La edición de 2026 ha estado marcada por cuestionamientos desde sus primeras etapas. El proceso de conformación de los grupos generó dudas por la falta de transparencia; a ello se sumaron expresiones de racismo por el color de piel y la nacionalidad de algunos jugadores, así como decisiones arbitrales que han alimentado la percepción de un trato preferencial hacia la actual campeona del mundo, Argentina, y su capitán, Lionel Messi. Más allá de si cada polémica puede explicarse desde el reglamento, el hecho de que estas discusiones ocupen buena parte de la conversación pública evidencia una creciente desconfianza hacia la imparcialidad que debería distinguir a un torneo cuyo principal emblema es el fair play.

Pero quizá la discusión más importante no está en el arbitraje.
Hace tiempo que el Mundial dejó de ser únicamente una competencia deportiva para convertirse en uno de los mayores escaparates del poder económico y político. Las grandes marcas disputan cada espacio de visibilidad; los gobiernos aprovechan el escenario para fortalecer su imagen y las empresas encuentran una oportunidad extraordinaria para incrementar sus ganancias. Boletos con precios inaccesibles para millones de aficionados, hospedajes que multiplican su costo, el aumento en los precios de artículos deportivos y la omnipresencia de la publicidad muestran que el futbol es también una industria global.

No se trata de condenar el negocio. Sería ingenuo pensar que un evento de esta magnitud puede escapar de las dinámicas económicas del mundo contemporáneo. La verdadera reflexión está en la distancia que existe entre el discurso y la realidad. Mientras se habla de igualdad, inclusión y respeto, el espectáculo termina reproduciendo muchas de las desigualdades que dice combatir.

El Mundial no solo vende futbol; también construye imaginarios sobre el éxito y el prestigio. El consumo parece convertirse en un requisito de pertenencia: quien puede pagar un boleto, vestir la camiseta oficial o acceder a la experiencia completa del torneo ocupa un lugar privilegiado dentro del espectáculo. Al mismo tiempo, se refuerzan narrativas sobre quiénes representan el poder, quiénes merecen reconocimiento y quiénes permanecen al margen.

Esa contradicción también se hizo evidente cuando la FIFA otorgó un reconocimiento relacionado con la paz al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Más allá de las razones institucionales que pudieron motivar esa decisión, el gesto resulta difícil de conciliar con el contexto internacional actual: la guerra entre Israel e Irán, la política migratoria estadounidense, las redadas del ICE contra personas migrantes y las restricciones impuestas a la permanencia de la selección iraní durante el torneo obligan a preguntarnos qué significado tiene hoy hablar de paz desde el deporte.

Con la eliminación de los tres países anfitriones: México, Canadá y Estados Unido, la atención vuelve a centrarse en quién levantará la copa. Sin embargo, quizá esa no sea la pregunta más importante.

El Mundial no inventa las desigualdades del mundo; simplemente las hace visibles bajo los reflectores más vistos del planeta. Cuando el silbatazo final anuncie al nuevo campeón, el espectáculo terminará y la conversación volverá a la rutina cotidiana. Pero las preguntas permanecerán: ¿puede hablarse de fair play cuando fuera de la cancha prevalecen relaciones profundamente desiguales? ¿Puede el deporte seguir presentándose como un espacio neutral cuando también forma parte de las disputas económicas, políticas y culturales de nuestro tiempo?
Tal vez el partido más importante nunca se juega sobre el césped. Se juega en la manera en que decidimos mirar todo aquello que ocurre alrededor del balón.

María Teresa Jaramillo Ríos, candidata a doctora en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM